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Diario de una nomofóbica (miedo a salir de casa sin celular)

Conoce a una mujer adicta a los teléfonos celulares y su relato en primera persona sobre los pro y los contra del uso de los móviles y las redes

 

 

Por Paola Torrisi

Hay gente que es adicta al alcohol, otra a las drogas o al cigarrillo. No, lo mío es el celular y sus variantes como la tableta y la computadora. No es una adicción peligrosa, o al menos no tanto como las anteriores, que pueden desembocar en la muerte.

Basta con ser prudente y no manejar mirando el aparato cada 10 segundos para evitar un accidente de tránsito con consecuencias trágicas. Hay otras cosas, en cambio, que son más difíciles de controlar. Siempre creí que pasar tantas horas inmersa en el mundo del teléfono celular quita tiempo para dedicarle a los hijos, al esposo, a las amigas. Pero pensándolo bien, no creo que necesariamente quite tiempo, quizás solo lo transforme.

Es que todas las respuestas están en el celular. O casi todas. A veces creo que exagero y me gustaría poder librarme un rato de él. Pero, ¿Cómo? ¿Cuál es el método? Para los que tienen dependencia de la bebida está Alcohólicos Anónimos. Para los que consumen drogas están las granjas de rehabilitación. Para los fumadores hay clínicas, métodos y programas para dejar el tabaco. Los golosos en exceso tienen nutricionistas y dietas. ¿Y para mi adicción al iPhone? Nada. Ningún tipo de rehab. No estaría mal como negocio. ¿A nadie se le ocurrió?

Así como hay restricciones en la publicidad de los cigarrillos o de algunas bebidas alcohólicas, así deberían hacer con los anuncios de los nuevos teléfonos o de las compañías que ofrecen planes de telefonía. Advertencia: su uso prolongado puede provocar adicción, aislamiento, pérdida de amigos, alienación, divorcio, etc.

Un estudio hecho en Inglaterra por Tecmark, una agencia con sede en Manchester, asegura que un usuario promedio utiliza diariamente su celular 3 horas y 16 minutos y que tiene contacto con él unas 214 veces. Jamás me puse a cronometrar cuánto tiempo tengo el celular en mis manos, pero gracias a Checky -una aplicación que controla la cantidad de veces que uno chequea al teléfono- me di cuenta que estoy muy por encima del promedio: 332 veces al día. Si no fuera porque conozco a mi amiga Jenny, que es peor que yo, me atrevería a decir que soy récord mundial.

TODO EN UNO

Algunos consideran al celular un objeto que promueve la pérdida de tiempo. Insisto, para mí es todo lo contrario, es el invento más maravilloso del mundo después del cheescake de Oreo y la dieta mediterránea. Con él me siento segura, protegida, y el tiempo me rinde como nunca.

Menos limpiar la casa, mi iPhone -como podría ser mi Samsung Galaxy o mi Sony Xperia- hace de todo. A veces es mi GPS, otras mi libro o mi cámara fotográfica, mi libreta de apuntes o mi filmadora. Es mi computadora, mi radio, mi televisión. Es mi diario, mi médico, mi diccionario, mi banco, mi grabadora, mi despertador y, fundamentalmente, mi espejo. Sí, es cierto, desde que existe la cámara frontal ya no cargo más espejos en la cartera. También es mi reloj, solo que en ocasiones, cuando el glamour lo requiere, no tengo más remedio que desempolvar mi Bulova dorado.

¿Pérdida de tiempo? Noooo. Desde que descargué el Waze ya no me he vuelto a perder, llego a tiempo a todos lados y hasta evito los congestionamientos de tránsito gracias a las rutas alternas sugeridas. ¿Y qué decir de WhatsApp? Otro invento celestial, incomparable.

Al ucraniano Jan Koum, al que se le ocurrió esa aplicación, deberían hacerle un monumento o ponerle una avenida con su nombre. Con WhatsApp puedes mandar mensajes, fotos y ahora hasta llamar por teléfono. Pero lo mejor son los grupos. Tengo varios grupos de chat. Estoy en el de las madres del colegio, en el de mis amigas, en el familiar y en el de excompañeras de colegio.

Es genial. ¿El niño hoy se enfermó y no fue a la escuela? No importa, alguien del grupo comparte la tarea para el día siguiente. ¿Falta una para jugar al tenis? Lo comunica y rápido se consigue recambio. Lo mismo vale, con sus variantes, para el Skype, Line, Viber, Facetime y Tango.

¿Quiero saber donde está mi hija Vanessa? Fácil. Busco en Family Locator, una aplicación tipo GPS que bajé, mediante la cual puedo seguir el rastro de dónde exactamente están mis seres queridos. Si Vane me dice que está en Multiplaza, yo puedo comprobar si es cierto o si me miente.

¿Necesito maquillarme para una graduación? YouTube, que no solo sirve para ver clips musicales, me salvará con sus tutoriales de make up. Y así lo que sea: comprar zapatos en Amazon, reservar un hotel en Booking, comprar un vuelo en Avianca o apartar entradas para el cine de los miércoles.

Entre mis amigas conozco muchos casos en los que ellas han salido de su casa sin el celular y han tenido que regresar en el momento que se han dado cuenta. Jamás llegué a eso. Simple: nunca he salido de casa sin el teléfono porque conozco la importancia que tiene. Así como sería inconcebible que una mujer salga de su casa sin ponerse faldas o sin calzado, lo mismo me ocurre con el móvil.

UN ANTES Y UN DESPUÉS

Soy de la teoría de que el mundo moderno hay que dividirlo en dos eras: AC y DC. Antes de los celulares y después de los celulares, especialmente desde la irrupción de los smartphones. Salgo a correr o nadar, paso por el gym y este pequeño aparatito -gracias a la pulsera Fitbit- me explica que llevo consumidas 2,872 calorías, que recorrí 4.1 kilómetros y que di 6,324 pasos en el día.

Además, lleva un registro de mi sueño: anoche dormí 7 horas y 17 minutos, me desperté 5 veces y estuve inquieta en 14 ocasiones. Números alentadores para alguien con insomnio como yo.

Vivir camino a La Libertad y pasar 40 minutos en el carro puede ser tedioso algunas veces, pero con las aplicaciones justas y un dispositivo manos libres apropiado ese tiempo es reciclable. Yo lo utilizo para hablar con Carlos, mi hijo mayor que estudia en los Estados Unidos, a través de Facetime.

Y si no, escucho radios internacionales con el Tune In. Mi preferida es France Bleu Nord, una radioemisora de la ciudad de Lille que ha logrado mejorar mi francés, además de que me permite escuchar canciones diferentes. Para música otra opción recomendable es Spotify o el nuevo servicio de Apple, mis favoritas a la hora de salir a correr.

Odio los bancos. No me importa hacer fila y esperar: lo he hecho toda la vida. Lo que me molesta es que no permitan usar celulares dentro. Es cierto que estos teléfonos cada vez tienen más funciones, pero todavía no inventaron la aplicación que convierta mi iPhone en un arma de fuego capaz de intimidar al cajero. Por eso prefiero hacer las transacciones bancarias online, desde mi tableta o mi celular, pero sentada cómodamente en una cafetería o en el spa.

ESPERA FELIZ

El caso de las visitas al médico es diametralmente opuesto al de los bancos. Nunca me gustaron los consultorios y menos las esperas, pero reconozco que desde que tengo mi iPhone todo cambió. Puedo ir al ginecólogo, que me hagan esperar una hora y ni lo siento.

Mis opciones para matar el tiempo van mucho más allá que esas tres ediciones viejas de Vanidades que ofrece el revistero del médico. Aprovecho para entrar al Twitter y leer noticias, ver Instagram y revisar la actividad del Facebook, que me recuerda que dos de mis amigas, Ana y Rebecca, cumplen años este día. Gracias, Facebook, una vez más, porque ninguna de ellas es “tan amiga” como para memorizar esas fechas.

Entran y salen pacientes del consultorio. Nadie menciona mi nombre, pero no me importa: puedo seguir leyendo en la tableta el intrigante libro Los pilares de la tierra, de Ken Follett, al que tengo algo abandonado, o sumergirme en el adictivo mundo de Pinterest y sus fabulosos tableros. ¡¡¡Es mi turno, dice el doctor!!! Chequeo el teléfono: han pasado 73 minutos y no me he dado cuenta.

Podría pasar toda una vida en Facebook, la red social que hizo que me reencontrara con gente que jamás imaginé que volvería a saber de ellos: una en Shanghai, otro en Denver, otra en San Miguel, todos ellos proveedores de vidas para el Candy Crush en momentos aciagos.

ESPIONAJE ONLINE

Sin embargo, lo que más me gusta del Facebook es su utilidad para poder identificar gente. Cuando mis amigas hablan de la fiesta que dio Fulanita, a la que creo no conocer, inmediatamente la busco en el Face: veo su foto de perfil y rápido sé que es aquella rubia que una vez me negó el saludo.

Si quiero saber quién es el nuevo novio de mi amiga Sarita, basta tipear su nombre para obtener de inmediato un par de fotos para “poder juzgar con propiedad”. En fin, Facebook no será la base de datos del FBI, pero ayuda…

Mi relación con el teléfono es casi carnal, pero sin llegar al extremo de aquella película protagonizada por Joaquín Phoenix llamada “Her” -recomendadísima- en donde el protagonista acaba enamorándose de Samantha, el sofisticado sistema operativo (con voz femenina) de su teléfono con el que interactúa todo el tiempo.

En mi caso no he pasado de un par de diálogos con Siri, la aplicación con funciones de asistente personal que tienen los iPhone y que es capaz de hacer una llamada ante un pedido específico, decirnos qué temperatura hace en Usulután o qué edad tiene Sharon Stone.

Hace unos días me enteré, justamente leyendo el Wall Street Journal en mi tableta, que la adición a los móviles tiene nombre: le llaman nomofobia. Es decir que soy una nomofóbica. Pero como consuelo, siempre hay gente peor que una. Leí que un estudio de la Universidad de Iowa consultó a 1,100 adultos estadounidenses en el cual el 12 % de ellos decía haber usado sus teléfonos móviles en la ducha. Too much…

En mi caso, solo hay unos pocos momentos donde el celular no tiene cabida y queda reducido al modo vibrador, su versión más silenciosa e inofensiva. Uno es cuando manejo (a menos que use el manos libres), otros son a la hora de comer en familia (no siempre se respeta), durante la misa o cuando estoy en el cine o en el teatro. Antes también incluía, por fuerza, los aviones, pero ahora por suerte existen muchos vuelos con Wi-Fi.

Para alguien tan dependiente del teléfono, el peor momento del día es cuando el ícono de la batería pasa de verde a rojo, y más aún cuando la línea roja se va haciendo más delgada hasta desaparecer. Crisis. Crisis total. Soy de las que siempre lleva baterías externas y cargadores para esas emergencias, pero aún así hay veces que la carga extra se termina o simplemente no hay electricidad.

El aparato muere abruptamente, y con él todas sus funciones. La sensación es como estar en el desierto del Sahara, lejos de todo, incomunicada con el mundo, presa del síndrome de abstinencia. Sin embargo, está comprobado, se puede vivir sin celular: nací y crecí en la época en la que no existían y he logrado sobrevivir… Pero por favor, denme una batería extra. Y otra vida en el Candy Crush.

Jose Alejandro Ibarra
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